Mis cuentos africanos by Nelson Mandela

Mis cuentos africanos by Nelson Mandela

autor:Nelson Mandela [Mandela, Nelson]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Relato, Fantástico
editor: ePubLibre
publicado: 2001-12-31T16:00:00+00:00


22 LA PRINCESA DE LAS NUBES

En este cuento suazi, narrado por Phyllis Savory, la liebre es transformada por arte de magia en un ser humano; algo que no suele suceder en los cuentos protagonizados por este animal. La ilustración es de Piet Grobler.

La Liebre se había librado por los pelos en dos ocasiones de que la mataran los perros del jefe cuyos cultivos saqueaba periódicamente y se temía que algún día le dieran alcance.

«Debería tener cosecha propia», se dijo jadeante mientras, tendida bajo un arbusto, se reponía de la última persecución angustiosa. Había logrado dar esquinazo a los veloces perros sólo gracias a que la perdieron de vista un instante que aprovechó para volver sobre sus pasos.

A la mañana siguiente, empuñó la azada y se dirigió al bosque, donde escogió una parcela de tierra fértil bien oculta. La desbrozó y la roturó a conciencia y, al caer la tarde, regresó a su pequeña choza rendida de cansancio pero satisfecha.

«Mañana plantaré semillas de maíz y pipas de calabaza», decidió mientras cocinaba las últimas mazorcas de maíz que le quedaban de sus hurtos, «no vaya a ser que, cualquier día, uno de esos perros monstruosos corra más que yo».

Esa noche durmió como un tronco. A la mañana siguiente, después de tomar un desayuno regado con cerveza de fabricación casera, la liebre se encaminó a su parcela y la sembró como tenía planeado. Una vez concluida la labor a su plena satisfacción, partió algunas ramas que había en el suelo y levantó cuidadosamente una cerca en torno a su parcela para protegerla de otros animales.

El tiempo le fue propicio y sus cultivos crecieron y prosperaron. Próxima ya la cosecha, las mazorcas de maíz reventaban de granos y las calabazas estaban casi en sazón.

Llegó el momento de recoger los primeros frutos de su trabajo. Cuando se sentó junto al fuego a asar las jugosas mazorcas, la Liebre pensó en lo imprudente que había sido al arriesgar la vida tantas veces en el maizal del jefe.

Pero una mañana descubrió con fastidio que alguien había estado picoteando sus mazorcas por la noche. Unas huellas de ave muy raras, como nunca las había visto, daban testimonio del hurto.

«Tenderé trampas a esas aves ladronas», se dijo, «aunque me extraña mucho que vengan de noche».

Se encaminó a los prados donde pacía el rebaño del jefe y esperó a que los pastores se durmieran para arrancar un puñado de largos pelos negros de la cola de una vaca. Luego volvió a su parcela, trenzó habilidosamente los pelos, hizo lazos y los fijó bien al suelo con estacas. Esparció encima un poco de tierra de manera que no se vieran. Y, concluidos los preparativos, regresó a casa, decidida a atrapar a los ladrones.

Al día siguiente madrugó y su alegría fue enorme cuando oyó un batir de alas al acercarse a su terreno. Confirmó con una ojeada por encima de la cerca que, en efecto, un pájaro había caído en una trampa; muchas aves de su misma especie trazaban círculos en las alturas, dando señales evidentes de preocupación.



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